Uno de mis primeros recuerdos de infancia es el descubrimiento de las maravillas sonoras que podían extraerse manipulando el dial de la onda media. En un viejo aparato de radio Samsung comencé, sin saberlo, a crear mis primeras composiciones electrónicas. Y a grabarlas también, cosa que jamás hizo gracia a mi padre, en cuanto averiguó que empleaba sus cintas musicales borrando definitivamente sus apreciados líricos del momento.

Mi abuelo, un ingeniero cultivado e inquieto, cambió regalarme juguetes por elementales componentes electrónicos con los que, juntos, construíamos rudimentarios aparatos generadores de sonido. Eran sencillos osciladores y filtros controlados por tensión que soldábamos sobre unas láminas de madera contrachapada. Era tan divertido construirlos como comprobar el insignificante y ruidoso resultado.

Y es así como me inicié en la comprensión y respeto por la música a través de sus principios elementales. Es genial crear y disfrutar la música desde la perspectiva del ingeniero o el luthier. Puedes admirar la gestación del sonido, su tránsito por el medio y su absorción por los elementos. Puedes notar todo lo que sucede cuando el sonido se combina en música y alcanza a la audiencia. Porque la música es sonido y ausencia de sonido, y todo lo demás son garabatos.

Como en mi casa siempre sonaba la radio, era natural que me interesara por los músicos electrónicos. Y es una suerte que Jarre tenga esa faceta radiofónica en sus discos, porque es así como lo descubrí. Si conectamos esto con mis primeras visitas a las tiendas de discos, ya tenemos el caldo de cultivo para ponerle a mi vida una banda sonora electrónica. Echo en falta esas tiendas repletas de material, donde preguntabas al encargado y este te recomendaba ediciones importadas, rarezas, descatalogados o maravillas a las que era imposible acceder de otra manera. Ni la sórdida acústica del vinilo ni los precios abusivos a los que se lanzó la industria con la llegada del CD empañarán en mi memoria el recuerdo de esos años.

Siempre agradeceré a mis padres su radical oposición a que me matriculase en estudios musicales. Ahora veo que fue la decisión correcta (aunque por motivos distintos, es cierto). No quiero ser un compositor de garabatos; necesito palpar el sonido sin intermediarios, sin formalismos, sin diplomas ni más reglas que las físicas. Y, sobre todo, quiero que la audiencia escuche mi música como un acto lúdico, sin exigir sacrificios intelectuales ni cometer la osadía de castigar su sistema auditivo.

A lo largo de mis veinte años como músico han sido muchas las influencias que han marcado mi obra. Supongo que es importante conservar un alto grado de permeabilidad con el entorno cuando el objetivo es crear música, o canalizarla desde la propia interpretación del entorno. Mi mayor influencia han sido los compositores electrónicos de los años setenta y primeros ochenta. Todavía recuerdo el impacto que tuvieron sobre mi discos como Oxygene, Albedo 0.39, La aventura de las plantas, Phaedra o Mirage. Fueron momentos claves en mi evolución musical. Aquél era el sonido y el concepto que deseaba para mis composiciones. Desde entonces han sido varios los proyectos en los que he participado; todos dispares y algunos diametralmente opuestos, pero siempre regresando a ese sonido original producido por una tecnología que permitía al músico pensar primero el sonido, y luego pensar en música. Y, finalmente, percibir que todo era lo mismo.

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